El mago: instrucciones autorreferenciales para soltar y
lanzar
Aprender a desprenderse de algo que está podrido, es la lección, una de ellas al menos. Al
igual que esa vez, con aquel osito rojo que se me cayó a una zanja, durante una
inundación en mi ciudad natal.
Mi madre me obligó a desprenderme de ese oso, lo mismo que
de aquel perro paralítico y enfermo que rescaté de las calles. La persistencia
de ciertos afectos es contradictoria, pero si debe prescindirse de ellos, uno debe
aprender a hacerlo bajo el influjo de la auténtica voluntad.
Mi madre me obligó a desprenderme de ese oso, lo mismo que
de aquel perro paralítico y enfermo que rescaté de las calles. La persistencia
de ciertos afectos es contradictoria, pero si debe prescindirse de ellos, uno debe
aprender a hacerlo bajo el influjo de la auténtica voluntad.
Así debe dejarse ir, y no esperando o buscando inconscientemente un acto sustituto de aquel mandato materno que castre la propia decisión.
Aprender a soltar, hacerlo sin abrigar una carta escondida, sin especular con futuros retornos, asumiendo que esos brazos, con la suficiente fuerza para aflojarse y dejar ir, nunca más abrazarán aquello que hoy sueltan.
Aprender a soltar, hacerlo sin abrigar una carta escondida, sin especular con futuros retornos, asumiendo que esos brazos, con la suficiente fuerza para aflojarse y dejar ir, nunca más abrazarán aquello que hoy sueltan.
Cuando las cartas están servidas, la mesa esta tirada y las
vueltas son tan eternas, si no se sale del remolino de forma ascendente y
concéntrica, solo se llega a la asfixia.
Por último, y llamando la atención sobre el carácter doble del abandono, recuérdese también, que puede uno terminar encarnando aquel peluche
rojo tirado en una cuneta, llegado ese
punto a no desesperarse, compréndase que es mejor ser
convertido en el olvido de alguien, que en su odio.
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