domingo, 8 de febrero de 2015




El mago: instrucciones autorreferenciales para soltar y lanzar

Aprender a desprenderse de algo que está podrido, es la lección, una de ellas al menos. Al igual que esa vez, con aquel osito rojo que se me cayó a una zanja, durante una inundación en mi ciudad natal.

Mi madre me obligó a desprenderme de ese oso, lo mismo que de aquel perro paralítico y enfermo que rescaté de las calles. La persistencia de ciertos afectos es contradictoria, pero si debe prescindirse de ellos, uno debe aprender a hacerlo bajo el influjo de la auténtica voluntad.

Así debe dejarse ir, y no esperando o buscando inconscientemente un acto sustituto de aquel mandato materno que castre la propia decisión.

Aprender a soltar, hacerlo sin abrigar una carta escondida, sin especular con futuros retornos, asumiendo que esos brazos, con la suficiente fuerza para aflojarse y dejar ir, nunca más abrazarán aquello que hoy sueltan.

Cuando las cartas están servidas, la mesa esta tirada y las vueltas son tan eternas, si no se sale del remolino de forma ascendente y concéntrica, solo se llega a la asfixia.

Por último, y llamando la atención sobre el carácter doble del abandono, recuérdese también, que puede uno terminar encarnando aquel peluche rojo tirado en una cuneta,  llegado ese punto a no desesperarse, compréndase que es mejor ser convertido en el olvido de alguien, que en su odio.


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