Ayer, al abrir la alacena, sin querer se me vino abajo el
alma.
Pedacitos en el piso, en la mesada de la cocina, abajo de la
cama, en nidos de palomas vecinas, en el cajón de los cubiertos, en el balcón y
hasta en la ducha.
Alma en el techo, en las paredes, alma entre discos y canciones
viejas, alma en los primeros rayos de una persiana dominguera y en el espejo
del ascensor .
Había tanta alma desperdigada por la casa, que no me quedó otra que mudarme el cuerpo.