Fragmentos del Capitán Mambrino
Solo estuve unos días ahí, pero tardé en salirme años y
aunque idealicé la isla, en mi recuerdo se fragmentaban sus momentos y detalles, reencontrarla me era imposible y ningún mapa me permitió jamás redescubrir su ruta.
Así las cosas, no me quedó otra opción, que obligarme a recordar lo peor, con el objeto de menguar el deseo de regresar a
ella.
Intentaba que en mi memoria, aquel vergel permute en un
infierno tropical, o a veces, con más
pragmatismo, simplemente aspiraba a recordarlo de una manera equilibrada.Especulaba y concluía
que, si me hubiese instalado allí unos 9 o 18 años, la rutina se hubiera
fortalecido de tal manera, que el margen de sorpresa ya no existiría, provocando
que cada rincón mágico se transforme en un lugar de
aburrimiento, entre tantos. Asumía que
la isla, era después de todo una simple porción de tierra sobre el mar, probablemente
de las más exóticas en esta parte del mundo, pero una isla al fin.
En ese plan, también decidí entender que su particular geografía era reemplazable y consideré que otras tierras, similares o acaso mejores, no estaban lejos. Tal
vez ni siquiera necesitaba una isla, podría animarme a indagar en las brumosas costas
del este y abordar eso que llaman continentes, vastos y seguros, interminables como el cielo.
Pero tardé años en lograrlo y no del todo, aquel vínculo con el terruño flotante, que en principio partió de la sana y desapasionada
pasión científica, se había sexualizado, esa isla, promotora de mis viajes, mojada musa de mis jornadas marinas, ya no era un rincón más en estos mapas, sino un
espejo de mi todo.
Su volcán rubio y fumador, evocando en cada bocanada las entrañas de la tierra, rugía tan fuerte como
las maternales tormentas que me acompañaron durante mis primeros días en la
cueva.
A veces, de noche, juntaba valor e iba a sus playas bañadas de sirenas que no dejaban de mirarme, una vez, creo, me enamoré de una. La cueva fue un breve hogar, hospitalarias y
húmedas, sus paredes eran mis pantallas, en ellas el moho, la lluvia y los
rayos, formaban las más variadas y perturbadoras imágenes, pero cada tanto, también encontraba una maravilla, como cuando esa especie de mujer....(fragmento perdido)
...nunca tuve oportunidad de volver a verla, pero su silueta y silencios me acompañaron durante siglos, luego del episodio, me refugié nuevamente en la cueva, hasta que cinco días después vi un bergantín no muy lejos, unas personas gritaban mi nombre en la costa, comprendí que el Tarquinia pasaba a buscarme.
Capitán Mambrino. Diario sobre mares y dragonas, fragmentos.
Atardecer sobre el Tirreno, Ladispoli, Italia.
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